por Oscar Paniagua y Néstor Rodríguez
“La violencia que introducís en un sistema no se evapora, queda dando vueltas”
Carlos Busqued
Debido al ataque y desgaste que ha sufrido el concepto
“verdad" durante los últimos años, ha perdido fuerza y credibilidad en pos
de otras construcciones discursivas que no refieren ni necesitan de un
correlato empírico ni mucho menos. Los enunciados del Presidente de la Nación
en X (antes Twitter) y su séquito de obsecuentes y aplaudidores digitales, cuyo
transitar diario no pasa más allá de la “calle online”, en la cual sustentan su
ideología, demuestran que dentro de los marcos de X y el fluir de la
información que por allí transita, no se necesitan más que ciertas
interacciones para dotar a un enunciado de una legitimidad que en la realidad
concreta, la de la calle, la del hambre, la del día a día, le es completamente
ajena.
Dentro de los tempranos años que transita el siglo se fue
construyendo lo que Preciado (2022) nos menciona como i-realidad, donde “lo auténticamente real es lo que tiene más
presencia en internet (...), [la cual funciona como] un espacio de sentido
construido cibernética y bioquímicamente en el que es posible vivir -y morir”
(p. 141)[1].
En base a esto, podemos ver y analizar cómo a los post del presidente en Twitter se le suman, casi automáticamente,
miles de respuestas y citas que validan/legitiman lo que este dice, más allá de
si se corresponde empíricamente con la realidad concreta o no, porque esto al
parecer ya no importa. La realidad ya no es la única verdad, ella ni siquiera
entra en los marcos de diálogo de Twitter; lo que verdaderamente importa hoy es
intentar satisfacer un deseo individual, una pulsión fachistoide de razón y odio que escapa a la
comprobación y cuyo único fin es sostener una postura propia y un
“sentirse-parte-de”, aunque ello sea a
costa del sufrimiento de los trabajadores y trabajadoras que están siendo
aniquilados por ajustes, desfinanciamiento y despidos.
Es por esto que podemos notar una política discursiva de la
crueldad a costa del pueblo, ya que desde la vereda ideológica libertaria, el
discurso que desde allí se emite sostiene el sufrimiento presente poniendo por
delante un futuro de luces totalmente optimista, donde el progreso ha llegado a
su culmen y alcanzado todo su potencial; una especie de “paraíso religioso” el
cual si ha de cumplirse, el sufrimiento del pueblo es condición necesaria para
su consecución. Asimismo, existe también otra idea similar surcando en esas
mentes y esos usuarios: la de que por no haber sufrido lo suficiente no
llegamos antes a ese paraíso prometido y que, por lo tanto, esto nos debería
acarrear culpa; y que si no la sentimos debemos hacerlo, pareciéndose esto así
a una política no solo de la crueldad sino también una política del superyó. Las políticas libertarias y su
correlato discursivo en redes sociales, entonces, quieren hacer pagar
cruelmente a quienes, según ellos, son los culpables del estancamiento del
país, poniendo el peso (y la culpa) en los trabajadores, estudiantes, jubilados
y un largo etcétera y olvidando (intencionalmente) a los mismos traidores de
siempre (MM, LC y Cía.) instaurando así un sentido común de resignación y
aceptación.
Entonces, lo que el presidente diga, pareciera ser “verdad”
más allá de cualquier criterio e intento de comprobación porque la misma ya no
necesita de estos, se conforma con la capacidad generadora de interacción que
provoca el enunciado; asimismo el enunciado ya no vale por sí mismo sino por su
condición de “ser-dicho-por”. Vemos
así, entonces, que dentro de los marcos mismos de “diálogo” (si es que éste de
alguna manera existe) ya no se encuentra la posibilidad de veracidad porque el
enunciado mismo es verídico en tanto el presidente diga y los obsecuentes
validen, construyéndose así lo que podríamos denominar como a-verdad, un carácter propio del
discurso donde ni siquiera entra en juego el valor de “mentira” o “falsedad”
sino que el discurso es (a-)verdadero porque existe un sector que lo enuncia,
lo legitima y lo instaura; más allá de su correspondencia con la materialidad
concreta.
Para poner más en claro, lo que conocíamos como “posverdad”,
como discurso anterior y preparatorio, en el que distintos enunciados se
disputaban el canon de “verdad”, erigiéndose aquel que es más repetido y
asociado a alguna realidad -aunque ficticia-, ha dado lugar a la “a-verdad”,
donde el discurso ya no necesita siquiera un referente de realidad ficticio, el
componente alusivo ideológico ha desaparecido definitivamente. Ahora el
criterio es absolutamente subjetivo: “Si el presidente dice que son cinco
perros, son cinco perros” dijo el vocero presidencial cuando lo interrogaron al
respecto de la existencia (o no) de las mascotas del mandatario[2].
Dicho esto, ¿cómo discutir y construir frente a alguien que
no asume la posibilidad de una verdad y concluye en la negación de los
criterios de verdad o de la verdad misma?; ¿cómo discutir sí los criterios ya
no existen, si éste no asume un criterio concreto desde el cual empezar a
dialogar o donde el nuevo criterio de esta verdad contingente, esta a-verdad, pareciera ser refrendada por
el like y la interacción? Ya no
importa el contenido, importa qué tanto un discurso compatibilice con la
ideología propia y pueda ser repetido, retuiteado, reposteado y likeado; siendo
estas las formas de legitimación del discurso oficializado.
Asimismo, entendemos que podemos encontrar varios niveles de
seguidores; aquellos que se identifican con las políticas de crueldad, y
disfrutan de ello, aunque deban pagar el costo de sufrir también las
consecuencias, personas que en su devenir se han construido en el rechazo y
odio a quienes no son ellos, es decir: el núcleo duro e invariable que seguiría
al líder hasta la muerte. Otros son aquellos que se han dejado atrapar por la
conveniencia del contenido ideológico, pero que encuentran ciertos “peros”,
aquellos que han adherido por rechazo a lo
anterior que representa una ideología ya probada y fracasada, estos solo
considerarían la falla de su adhesión en el choque contra la pared (la realidad
material). Es aquí donde es posible dar una batalla
cultural.
Esta batalla debemos considerarla en sus formas; considerar,
por ejemplo, la mecánica ideológica de la instauración de la a-verdad. Entender que el enemigo
utiliza unos métodos tan violentos como efectivos. Nadie puede negar que el
monopolio de los mass media es una
forma violenta de socavar las voluntades y torcerlas hacia sus intereses.
Entonces: ¿qué hacer?, ¿cómo enfrentar esta violencia?, ¿refugiarnos en aquello
de que “el amor vence al odio”?, ¿marchar por la vereda para no molestar?, ¿esperar
al 2027? O, tal vez, sea momento de entender que ciertas ideologías embutidas
violentamente sólo podrán ser extirpadas con la misma fuerza que han sido
sembradas.